El Déficit de DAO

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El organismo de los seres humanos funciona de una manera muy parecida a una gran fábrica en la que cientos de operarios trabajan en cadena. Cada uno de estos trabajadores tiene una tarea muy específica: unos se encargan de darnos energía, otros defienden las fronteras contra los virus y un grupo muy importante se dedica a limpiar los restos de los alimentos que consumimos a diario para que no nos sienten mal. Sin embargo, ¿qué pasa si uno de esos encargados de la limpieza se pone de huelga o simplemente trabaja más despacio de lo normal? La respuesta es sencilla: la basura se acumula, la cadena de producción se colapsa y el cuerpo empieza a quejarse de mil maneras diferentes. Esto es, explicado con palabras llanas, lo que ocurre en el interior de las personas que padecen el denominado déficit de DAO, una condición biológica que, a pesar de ser una gran desconocida para el público general, se esconde detrás de muchas migrañas crónicas, malas digestiones y problemas en la piel que la medicina tradicional a menudo le costaba diagnosticar.

Durante décadas, cuando a alguien le dolía la cabeza de forma habitual tras las comidas o sufría de hinchazón de estómago sin motivo aparente, la solución más común era recetar un analgésico o echarle la culpa al estrés del trabajo. Aunque los nervios influyen en la salud, los avances de la ciencia han demostrado que en un porcentaje muy elevado de casos el verdadero culpable es una sustancia llamada histamina que se queda atrapada en el cuerpo más tiempo del debido.

El viaje de la histamina: de componente vital a enemiga silenciosa

Para entender el déficit de DAO, primero debemos presentar al personaje principal de esta historia: la histamina. Esta molécula no es un veneno ni una sustancia extraña que debamos evitar a toda costa; al contrario, es un componente que nuestro propio cuerpo fábrica de forma natural y que resulta imprescindible para estar vivos. La histamina actúa como una mensajera que avisa al sistema de defensas cuando hay un peligro, ayuda a regular los ciclos de sueño, interviene en la producción de los ácidos del estómago que digieren la carne y mantiene el cerebro despierto y atento. El problema no es la sustancia en sí, sino la cantidad que se acumula en el torrente sanguíneo. En condiciones normales, cuando comemos un alimento que contiene esta molécula, nuestro intestino delgado produce la proteína limpiadora en cantidades suficientes para destruirla de inmediato, impidiendo que pase a la sangre y cause estragos.

El conflicto surge cuando los niveles de esta proteína de limpieza bajan drásticamente. Al no haber suficientes operarios en el intestino, la molécula mensajera de los alimentos atraviesa las paredes intestinales con total libertad, viaja por los vasos sanguíneos y se reparte por todo el cuerpo. Esto provoca una especie de intoxicación interna o falso ataque alérgico. Imagina que el cuerpo es un vaso de agua: si vamos echando gotas poco a poco y el desagüe funciona bien, el líquido nunca se saldrá. Pero si el desagüe se atasca, el vaso terminará desbordándose a la mínima oportunidad. Ese desbordamiento es lo que los expertos llaman acumulación de histamina, y sus consecuencias se sienten desde la punta del pelo hasta los dedos de los pies, manifestándose a través de un abanico de molestias tan variado que a menudo confunde a los propios pacientes, quienes no logran asociar sus dolores de cabeza con lo que cenaron la noche anterior.

Un catálogo de síntomas que desconcierta a la medicina

La principal dificultad a la que se enfrentan las personas que tienen este problema de descomposición de la histamina es que los síntomas no se centran en un solo lugar, sino que saltan de un órgano a otro con total impunidad. El síntoma estrella y más incapacitante es, sin duda, la migraña y el dolor de cabeza de tipo tensional. A diferencia de un dolor común, esta molestia suele ser punzante, se sitúa en un lado de la cara y no mejora de forma notable con los fármacos habituales. La molécula acumulada dilata las arterias del cerebro, provocando una presión interna que genera ese martilleo constante que arruina el día de cualquier trabajador.

Sin embargo, las quejas del cuerpo no se quedan ahí. En el aparato digestivo, la falta de esta enzima provoca gases atrapados, hinchazón abdominal que hace que la ropa apriete por la tarde, acidez de estómago, estreñimiento o, por el contrario, diarreas repentinas sin que haya una infección de por medio. En la piel, es muy frecuente la aparición de rojeces, picores inexplicables, piel seca o la conocida urticaria, que son como pequeñas ronchas que aparecen y desaparecen de la nada. Incluso el sistema respiratorio puede verse afectado, mostrando congestión nasal continua (la típica sensación de tener la nariz tapada por las mañanas sin estar resfriado) o asma. Al ser una lista tan larga y dispar, es muy habitual que el paciente visite al neurólogo por su cabeza, al digestivo por sus gases y al dermatólogo por su piel, sin que nadie una los puntos para ver el mapa completo de la situación.

Las causas ocultas detrás de la falta de la enzima protectora

Llegados a este punto, la pregunta lógica es: ¿por qué a algunas personas les falta esta proteína protectora en el intestino? La ciencia ha descubierto que existen tres caminos principales que explican esta escasez. El primero de ellos es el genético, es decir, la herencia que recibimos de nuestros padres. Algunas personas nacen con unas instrucciones en su ADN que hacen que su cuerpo fabrique menos cantidad de esta proteína o que esta sea menos eficaz de lo normal. Es una característica biológica con la que se convive desde el nacimiento, aunque los síntomas suelen dar+ la cara con mayor fuerza en la edad adulta, cuando los hábitos de alimentación cambian.

El segundo camino está muy relacionado con las enfermedades que dañan las paredes del intestino delgado, que es el hogar exclusivo donde se fabrica este componente de limpieza. Dolencias como la celiaquía (la intolerancia al gluten), la enfermedad de Crohn o el síndrome del intestino irritable destruyen las pequeñas vellosidades intestinales, destruyendo las fábricas de la enzima. Por último, existe una causa muy común en la sociedad actual: el consumo de ciertos medicamentos de uso diario y el alcohol. Algunas pastillas comunes para el dolor, la presión arterial o incluso ciertos antibióticos bloquean de forma temporal el funcionamiento de la proteína protectora. Si a esto le sumamos que el alcohol es un potente inhibidor de esta enzima y que además contiene altas dosis de histamina, tenemos la combinación perfecta para que el cuerpo colapse tras una cena de celebración.

El mapa de los alimentos: dónde se esconde el peligro en la mesa

Cuando una persona recibe la confirmación de que su cuerpo no procesa bien la histamina, la primera reacción suele ser de preocupación al mirar la nevera. Es completamente normal sentir cierto agobio, ya que esta sustancia no viene señalada en las etiquetas de los alimentos como ocurre con las grasas o los azúcares. No existe un ingrediente llamado «histamina añadida»; la molécula se forma de manera natural en la comida, sobre todo cuando un alimento pasa por un proceso de maduración, fermentación o almacenamiento prolongado. Cuanto más fresco es un producto, menos cantidad de esta sustancia tiene, y cuanto más viejo, curado o procesado esté, más peligrosa se vuelve la digestión para alguien con escasez de la enzima digestiva.

Acorde a lo que pudimos observar en el blog de Probactis expertos en este sector de la salud,este factor cambia por completo las reglas del juego de lo que consideramos «comida saludable». Para la población general, un queso muy curado, un yogur natural, un plato de espinacas o un trozo de salmón son alimentos excelentes y llenos de nutrientes. Sin embargo, para un paciente con déficit de DAO, esta combinación puede convertirse en un auténtico billete de ida hacia una migraña descomunal. Aprender a distinguir qué productos cargan nuestro vaso biológico y cuáles lo mantienen vacío es la herramienta más potente que existe para recuperar las riendas de la salud sin necesidad de depender de por vida de las pastillas químicas de la farmacia.

Los grandes embalses de histamina que debemos vigilar

Para organizar la cocina de forma inteligente, conviene hacer un repaso por los grupos de alimentos que acumulan mayores dosis de esta molécula mensajera. En primer lugar, encontramos todos los productos fermentados. El proceso de fermentación se realiza gracias a la acción de bacterias y levaduras que, al romper los nutrientes del alimento, liberan grandes cantidades de histamina como desecho. Esto incluye al vino (tanto el tinto como el blanco), la cerveza, los quesos maduros (como el manchego, el parmesano o el queso de cabra), el yogur, el kéfir y los embutidos curados como el chorizo, el salchichón o el jamón serrano.

El segundo grupo de riesgo está formado por los pescados azules y los mariscos que no son totalmente frescos. El pescado acumula esta sustancia a una velocidad de vértigo desde el momento en que se captura si no se mantiene a una temperatura de congelación extrema. Por eso, las conservas de pescado (como las latas de atún, las sardinas en aceite o las anchoas) son auténticas bombas de relojería para las personas que no tienen la enzima de limpieza activa. En el mundo de los vegetales, aunque son muy sanos, hay algunas excepciones notables que fabrican esta molécula de forma natural en su interior, destacando por encima de todos el tomate (tanto crudo como en salsa), las espinacas, las berenjenas y los aguacates.

Los alimentos liberadores y los bloqueadores de la enzima

Además de la comida que ya lleva la sustancia incorporada, existe otra categoría de productos que actúan como «trampas» para el organismo. Son los llamados liberadores de histamina endógena. Estos alimentos no contienen grandes dosis de la molécula en sí, pero al entrar en el estómago provocan que nuestras propias células de defensa liberen la histamina que tienen guardada en su interior. Entre los más comunes encontramos el chocolate y el cacao puro, los frutos secos (especialmente las nueces y los cacahuetes), las frutas cítricas (como las naranjas, los limones y las mandarinas), las fresas y la clara de huevo cruda.

Por si esto fuera poco, no podemos olvidar aquellos componentes de la dieta que actúan como bloqueadores directos de la poca enzima activa que nos quede en las tripas. El enemigo número uno en esta categoría es el alcohol. Cuando tomamos una copa de vino, no solo estamos introduciendo la sustancia del propio caldo, sino que el alcohol paraliza por completo el trabajo de la proteína limpiadora en el intestino. Al quedarse los operarios congelados, toda la comida que acompañe a esa bebida pasará directamente al cuerpo sin ningún tipo de filtro, explicando por qué las resacas de algunas personas son tan desproporcionadas y dolorosas aunque hayan bebido muy poca cantidad.

Recuperar el control: el camino hacia una vida sin molestias

Vivir con el temor constante a que la próxima comida desencadene un dolor de cabeza insoportable o una crisis de gases es una situación muy desgastante en el plano psicológico. Afortunadamente, una vez que se pone nombre y apellidos al problema, el camino hacia la recuperación es muy claro y ofrece resultados espectaculares en muy pocas semanas. El tratamiento no consiste en curar una enfermedad en el sentido estricto, sino en aprender a gestionar el nivel de llenado de nuestro vaso biológico. Al combinar una forma de comer inteligente con la ayuda de suplementos naturales, la inmensa mayoría de las personas logra hacer desaparecer sus síntomas por completo, volviendo a disfrutar de la rutina diaria con total normalidad.

La primera fase del proceso se basa en realizar lo que los nutricionistas llaman una dieta de exclusión temporal. Durante unas semanas, se retiran de la mesa todos los alimentos con niveles altos de la molécula mensajera y aquellos que bloquean la enzima intestinal. El objetivo de este parón es vaciar el vaso por completo, permitiendo que el cuerpo se limpie de los excesos acumulados y que las paredes del intestino se desinflamen y descansen. Pasado este tiempo de limpieza, cuando los dolores han remitido, se van reintroduciendo los alimentos uno a uno de forma muy lenta y controlada para comprobar cuál es el nivel de tolerancia real de cada individuo, ya que no todo el mundo reacciona con la misma intensidad ante los mismos productos.

La técnica de la frescura: el gran secreto de la cocina

Para comer bien teniendo este déficit, la regla de oro que se debe grabar a fuego en la mente es la de la frescura absoluta. Como hemos explicado, la acumulación de la sustancia va de la mano del tiempo que pasa la comida guardada. Por lo tanto, ir al mercado a menudo y cocinar productos frescos es la mejor garantía de éxito. Un trozo de carne de pollo recién comprado en la carnicería apenas tiene restos de la molécula; sin embargo, si dejamos ese mismo pollo cocinado en un táper dentro de la nevera durante tres o cuatro días, las bacterias ambientales irán fabricando la sustancia poco a poco, transformando un plato seguro en uno problemático.

Este principio obliga a cambiar algunos hábitos de organización en el hogar. Para las personas que practican la cocina en lote para toda la semana, el gran truco consiste en utilizar el congelador de forma masiva. En lugar de dejar las raciones de comida cocinada en la nevera para ir consumiéndolas a lo largo de los días, lo correcto es congelar los platos calientes en cuanto se templen. El frío extremo del congelador paraliza por completo la actividad de las bacterias y frena la aparición de la histamina, permitiendo disponer de comida casera lista para calentar que resulta totalmente segura para el bienestar digestivo y cerebral.

Los suplementos de la enzima: un comodín para los días especiales

¿Significa todo esto que una persona con escasez de esta proteína no podrá volver a comer pizza, tomar un trozo de queso o disfrutar de una cena con amigos en un restaurante el resto de sus días? Afortunadamente, la respuesta es un rotundo no. Hoy en día, la tecnología alimentaria permite comprar en las farmacias cápsulas que contienen la proteína DAO extraída de fuentes naturales (generalmente de origen animal, como el extracto de riñón de cerdo, o vegetal, procedente de brotes de legumbres). Estas pastillas no son medicamentos químicos, sino suplementos que aportan desde fuera los operarios de limpieza que el cuerpo no es capaz de fabricar en el interior.

El uso de estas cápsulas es muy sencillo: se toman con un poco de agua unos veinte minutos antes de empezar a comer aquellos platos que sabemos que contienen dosis altas de la molécula problemática. Al llegar al estómago e intestino, la pastilla se disuelve y libera los operarios de refuerzo justo a tiempo para recibir a la comida, destruyendo la histamina del plato antes de que pueda pasar a la sangre. Es un comodín fantástico para los días de celebraciones, cumpleaños o comidas fuera de casa en las que resulta imposible controlar los ingredientes exactos de los platos, devolviendo la tranquilidad social y la libertad de disfrutar de la buena mesa sin pagar un peaje de dolor al día siguiente.

El Déficit de DAO

El organismo de los seres humanos funciona de una manera muy parecida a una gran fábrica en la que cientos

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