La comprensión contemporánea de la salud humana deja de utilizar el dualismo cartesiano, que separaba de forma categórica la mente del cuerpo. En la actualidad, la ciencia médica y la psicología clínica, con el sistema nervioso como conector, se unifican en un modelo biopsicosocial que comprende el bienestar de la persona como un estado de equilibrio en constante movimiento. La salud se convierte entonces en el resultado de una comunicación (bidireccional, química y eléctrica) constante entre nuestros procesos cognitivos superiores, nuestras respuestas emocionales y todo el sistema neurobiológico que los sustenta. Desde esta perspectiva, se puede ver la forma en que el estrés crónico, los traumas no resueltos o la gestión ineficaz de las intensidades afectivas pueden somatizarse, alterando la homeostasis del organismo y dando lugar a patologías que afectan desde el sistema inmune hasta la salud cardiovascular.
El regulador de la experiencia y la supervivencia
El sistema nervioso se encarga de procesar la información del entorno y coordinar las respuestas adaptativas necesarias para la vida. Para hacerlo, se dividide en dos. Por un lado, el sistema nervioso central (SNC), por el otro y el sistema nervioso autónomo (SNA). Mientras que el SNC se encarga del procesamiento superior, el lenguaje y la toma de decisiones consciente, el SNA opera en las funciones involuntarias, como la regulación del ritmo cardíaco, la presión arterial, la digestión o la respuesta neuroendocrina al estrés. Es dentro del SNA, en el balance de las ramas simpática y parasimpática, donde se encuentra la clave de la estabilidad emocional y física.
Desde esta perspectiva, se pueden entender distintas afecciones causadas por el ritmo de vida actual. Nuestro sistema está diseñado para que, cuando el cerebro detecta una señal de amenaza, el sistema simpático activa la respuesta de «lucha o huida» y así libera una fuerte cantidad de catecolaminas, como la adrenalina o el cortisol, para hacer que el cuerpo reaccione. En un estado de salud óptimo, cuando desaparece la amenaza, la rama parasimpática recupera el control a través del nervio vago, induciendo un estado de calma, regeneración celular y digestión. Sin embargo, las demandas psicológicas de la vida actual pueden provocar una activación simpática crónica. Es decir, un estado de alerta permanente que puede derivar en una inflamación sistémica y un desgaste neurohormonal, acelerando el envejecimiento celular y comprometiendo la salud global del individuo.
Respuestas neurobiológicas ante la intensidad emocional
La relación entre la psicología y el sistema nervioso se manifiesta de forma clara en las respuestas de defensa extrema. La biología natural del cuerpo siempre va a priorizar la supervivencia sobre cualquier otra función. De esta forma, no todas las reacciones ante estímulos intensos implican acción o movimiento. En ocasiones, cuando una carga emocional es percibida como inasumible, el sistema nervioso opta por estrategias de conservación de energía o bloqueo funcional. Este fenómeno no es causado necesariamente por situaciones traumáticas negativas, sino que es una respuesta biológica para proteger la integridad del sistema frente a un desborde sensorial o afectivo que supere el umbral de tolerancia del individuo.
A partir de sus investigaciones clínicas, desde Haya Psicólogos explican que la inmovilización puede presentarse tanto por una respuesta defensiva ante el miedo como por una saturación emocional ante una pasión desbordante. Se entiende así que el sistema nervioso autónomo utiliza mecanismos similares de bloqueo funcional para gestionar intensidades afectivas que la psique percibe como inabarcables. Esta validación técnica confirma que, al comprender la jerarquía de respuestas del nervio vago, el cual pasa de la conexión social a la movilización y, finalmente, a la inmovilización dorsal, es posible abordar clínicamente los estados de congelación emocional. Así, el paciente puede evolucionar en un proceso que vaya desde la parálisis hacia una integración saludable y consciente de su experiencia vital.
Este enfoque sobre la regulación neurofisiológica es objeto de estudio por parte de la Sociedad Española de Neurociencia (SENC), que ubica a los circuitos neuronales de las emociones como parte fundamental para comprender la etiología de los trastornos afectivos y desarrollar estrategias de intervención más precisas basadas en la biología del comportamiento.
El eje microbiota-intestino-cerebro
Se trata de uno de los descubrimientos más relevantes de la última década. La confirmación del eje microbiota-intestino-cerebro se confirma a partir de la interconexión salud-psicología, donde el sistema nervioso entérico, compuesto por más de cien millones de neuronas, mantiene una comunicación bidireccional constante con el cerebro a través del nervio vago y señales químicas en el torrente sanguíneo. La composición de la microbiota intestinal influye de forma directa en la producción de neurotransmisores clave para la estabilidad del ánimo, como la serotonina, cuya mayor reserva se encuentra precisamente en el tracto digestivo.
Así como una alteración en la salud intestinal puede enviar señales de distrés al cerebro, un estado psicológico de estrés crónico puede alterar la permeabilidad intestinal y la diversidad de la flora bacteriana, creando un ciclo de retroalimentación negativa que comprometa la salud sistémica. Por tanto, el tratamiento psicológico contemporáneo debe considerar también la salud física, el descanso y la nutrición como variables críticas para la eficacia de cualquier intervención terapéutica profunda.
Plasticidad neuronal: la posibilidad de un cambio emocional
Tras años de estudios de neuroimagen, se ha demostrado que la práctica sostenida de la regulación emocional y la terapia cognitivo-conductual pueden aumentar la densidad de materia gris en la corteza prefrontal y reducir la sensibilidad de la amígdala. Este trabajo se traduce en una mayor capacidad del sistema nervioso para tolerar la incertidumbre y gestionar las emociones intensas sin colapsar en la parálisis o la huida.
La plasticidad neuronal es la capacidad intrínseca del cerebro para reorganizarse estructural y funcionalmente a lo largo de toda la vida en respuesta a la experiencia y el aprendizaje. Constituye la base biológica de la resiliencia y de la posibilidad de éxito en una terapia psicológica. Se entiende así que, mediante estrategias de afrontamiento y una regulación consciente de los pensamientos y la respiración, es posible reorganizar los circuitos neuronales que se asocian a la hiperreactividad y al miedo.
Se comprende así que la salud mental no es un rasgo estático con el que se nace, sino una habilidad neurobiológica que puede ser activamente entrenada y fortalecida mediante el acompañamiento profesional adecuado. El Ministerio de Sanidad, en su Estrategia de Salud Mental, destaca la necesidad de promover hábitos de vida saludables que protejan la integridad del sistema nervioso, destacando que la prevención en salud mental debe integrar el cuidado del cuerpo y la regulación del estrés como requisitos indispensables para el desarrollo emocional armónico de la ciudadanía.
Psiconeuroinmunología: El impacto del estrés en las defensas
Los estados psicológicos prolongados afectan a la capacidad del cuerpo para defenderse de patógenos y regular los procesos inflamatorios. Desde la psiconeuroinmunología se ha observado que el estrés psicológico crónico altera la función de los linfocitos y eleva de forma persistente los niveles de citoquinas proinflamatorias. Esta supresión inmunitaria explica por qué los periodos de alta demanda emocional o crisis personales suelen ir acompañados de una mayor vulnerabilidad a enfermedades infecciosas o al agravamiento de patologías autoinmunes preexistentes.
Por esta razón, el abordaje clínico de la salud debe ser integrador y transdisciplinar. No es posible tratar una patología física ignorando el historial de estrés del paciente, del mismo modo que no se puede realizar una psicoterapia eficaz sin atender al estado físico general y a la fatiga del sistema nervioso. El estado de salud muestra el funcionamiento de un sistema complejo, en el que cada una de sus partes influye en la resistencia total de la estructura biológica. El equilibrio hormonal y la respuesta inmunitaria son el reflejo de una mente que encuentra espacios de seguridad y calma.
Salud social y regulación intersubjetiva del sistema nervioso
El sistema nervioso no solo se regula internamente, sino que busca de forma instintiva la corregulación a través del vínculo con los demás. El contacto humano seguro, la escucha empática y el apoyo social sólido actúan como potentes activadores del sistema nervioso parasimpático. Así, la soledad no deseada o el aislamiento social son procesados por el cerebro mediante circuitos similares a los del dolor físico, lo que provoca una respuesta de estrés biológico y afecta la salud cardiovascular y cognitiva.
La Confederación Salud Mental España señala que tanto la promoción de redes de apoyo social como la reducción del estigma, funcionan como intervenciones de salud con un impacto directo en la neurobiología del bienestar, facilitando entornos donde el sistema nervioso de los individuos pueda operar en estados de seguridad, calma y crecimiento social.
El cuidado de una salud integral
La interconexión entre salud, psicología y sistema nervioso ayuda a comprender que nuestra mente habita y se expresa a través de un soporte biológico complejo, reactivo y plástico. Esta relación nos permite transitar hacia un autocuidado más consciente, que sea compasivo y eficaz. La salud integral exige el reconocimiento de nuestras señales nerviosas (desde la parálisis defensiva hasta la activación por estrés) para transformarlas, mediante la intervención profesional especializada, en herramientas de equilibrio y crecimiento personal.
Al cuidar nuestro sistema nervioso con un descanso reparador, una nutrición equilibrada, un vínculo social profundo y un trabajo terapéutico responsable, no solo estamos protegiendo nuestra estabilidad mental inmediata, sino asegurando la viabilidad y la longevidad de todo nuestro organismo.