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Editorial

Una empatía que Rajoy debe cultivar

Basta echar un breve vistazo a las fotos de la visita de Mariano Rajoy ayer a Berlín para comprobar que trasluce una cierta complicidad entre el presidente del Gobierno español y la canciller Ángela Merkel.

Es manifiesto que hay algo más que el hecho de compartir una ideología, la democracia cristiana, que vive uno de sus momentos dorados, tal es número de europeos que han puesto en ella la esperanza de que encontrará la salida a la crisis. Tanto Merkel como Rajoy son políticos que gustan de demostrar que son de la vieja escuela, dispuestos a crear una imagen de gestores serios y fiables que compense su falta de habilidad a la hora de manejarse con el marketing político contemporáneo. A ambos les une además una trayectoria en sus respectivos partidos semejante; saben la de tiempo y esfuerzo que exige el salir del segundo plano y ostentar el liderato. Son puntos en común importantes que, bien empleados como puntos de partida, pueden aupar a Rajoy a una posición de moderador de la doctrina, monocorde y no siempre realista, que Berlín esta intentando implantar en toda la zona del euro y, por extensión, en la UE. Un relajamiento en la exigencia de austeridad a cualquier precio no le vendría nada mal a una España al borde de la recesión y presta a alcanzar los 5,5 millones de parados. A Merkel tampoco le vendrá mal este apoyo proveniente de la periferia europea; no se encuentra sobrada de amistades. Sarkozy, líder político en horas bajísimas, parece ahora encontrarse más a gusto a la vera de Mario Monti, dirigente este último que tampoco aporta demasiado a las posiciones alemanas (sigue siendo visto como un tecnócrata y, además, ahora gusta de ser un poco díscolo). Con Cameron, apenas hay nada que hablar. Todo parece armonizar, por tanto, para que se fragüe una amistad prometedora.

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