Aquel joven ‘Negocio’ del año 2006
"Yo no estoy para centenarios”, se disculpaba Ortega y Gasset en el comienzo de un artículo que un amigo alemán le había solicitado con motivo del aniversario de la muerte de Goethe.
Nuestro pensador argumentaba que era demasiado acuciante lo que ocurría en la Europa del año en curso, 1932, como para ser capaz de desviar la mirada y centrar la atención en lo que tuvo lugar en 1832, aunque fuera algo tan grave como la muerte de un titán de la talla del autor de Fausto. Era Ortega tan periodista como filósofo, lo que significa que había que violentarlo para que dejara de escudriñar lo más actual en el entorno que le era inmediato. Y, sin embargo, terminó el artículo…
Tampoco corren ahora mismo tiempos que permitan solazarse en las efemérides. No obstante, existe una que siempre horada sin ningún esfuerzo mi prurito de mantenerme imperturbable al pie de lo más urgente, y me persuade para que le dedique no pocos momentos de gustosa remembranza.
Fue hacia mediados de febrero de 2006 cuando este diario echó a andar. Cierto es que el primer número no fue dado a la estampa hasta bastante después, finales de mayo, pero para entonces ya llevábamos encima semanas de rodaje con objeto de que todo estuviera dispuesto. La razón de ser de ese periodo de entrenamiento era asegurarnos de ofrecer (como lo seguimos haciendo), ante todo, periodismo económico de calidad.
A despecho de ese compromiso, no sé si por la caradura de la juventud o por tarambanería o por vaya usted a averiguar qué motivos, nos afloraban a menudo, incluso cuando ya estaba nuestra publicación en la calle, unos ramalazos de excentricidad memorables que ahora me deleito en recordar. Durante un periodo de tiempo, para bien y para mal ya cerrado hace mucho, parecíamos el producto de una noche de borrachera en la que hubieran compartido cama los responsables del Financial Times y los de La Codorniz. Y a mucha honra.
En primer lugar, tuvimos algunas portadas memorables. ¿Qué otro económico se ha propuesto abrir alguna vez, a cuatro columnas, con la noticia de que estaban al caer los Reyes Magos, bajo el enternecedor titular: Noche de ilusión?
Pero eso es una minucia comparado con aquella primera plana acaparada casi al completo por una enorme foto de Phil Collins a la batería. A uno de los altos mandos de aquella época le pirraba Genesis y ante la noticia de que el grupo se reunía hizo todo lo posible para que al lector le quedara claro que habían vuelto los reyes del rock progresivo.
De otro de los gerifaltes nunca pude descubrir sus gustos musicales; sólo recuerdo que le entusiasmaba aquel bodrio titulado Opá, voy a hacer un corral, hasta el punto de que consagró una última página casi completa a plasmar una adaptación de la letra de dicha canción, modificada para satirizar a Zapatero.
No es que fuera Quevedo el hombre, pero no encontré el resultado tan horrendo como cupiera esperar de algo que surgía de tan mala materia prima. Y, qué diablos, ni a Anson se le habría ocurrido algo así…
Aún podría contar mucho más de aquellas contraportadas cuyos artículos principales parecían más pensados para las páginas interiores de Vogue o Elle. En particular me viene a la mente un coqueto y minucioso análisis sobre el vestuario que lucía Teresa Fernández de la Vega (¿De dónde saca pa’ tanto como destaca?, se titulaba). Lo verdaderamente tronchante del caso es que la paternidad de estos escritos le pertenecía a un periodista varón, sesentón, socialista de los de chaqueta de pana y, por si hay dudas, heterosexual.
En las páginas interiores, también florecieron algunas patochadas, como la idea de narrar la jornada de la Bolsa en el tono propio de una crónica de hípica o la aportación fija, a la sección de política, de dos columnistas que no existían (Pepone Sánchez se llamaba el rogelio y Camilo Ruiz-Villar, el de la derechona), meras caretas para poder soltar exabruptos sin que a nadie le cayera la responsabilidad directa.
A muchos colegas de esta, con frecuencia envarada y arrogante, profesión haber tomado parte en episodios tan berlanguianos los sonrojaría. En mí, por el contrario, el efecto es hacerme sonreír con melancolía.
@IgnacioFlores8
